PUBLICACIONES DE LA AUTORA

La cápsula del tiempo de mi infancia

Un recuerdo de cuando tenía cinco años y decidí enterrar una carta para quienes vinieran después de mí.

tierra de patio, unas llaves antiguas, monedas mexicanas, tornillos y tuercas, un pequeño papel doblado y vegetación alrededor, luz natural cálida, composición documental e íntima, ligeramente imperfecta, como una fotografía encontrada entre recuerdos familiares.
Los objetos eran simples. La idea, para mí, no lo era.

Cuando tenía aproximadamente cinco o seis años, mi mente era muy imaginativa, curiosa e inquieta. Podía pasar horas jugando sola bajo la sombra de la limonaria, inventando personajes imaginarios que eran los comensales cuando jugaba a la comidita, creando un pequeño campo de siembra que regaba con el agua de la manguera mientras mi abuelita regaba las plantas o teniendo conversaciones con seres a los que mi propia mente les daba forma.

En cada juego terminaba, de alguna manera, replicando lo que una niña observa en el mundo de los adultos.

Mi mente no descansaba. Quería saberlo todo. Preguntaba por qué una cosa era así, por qué otra había ocurrido y qué había detrás de todo aquello. Era esa edad en la que los niños preguntan constantemente “¿por qué?”, pero en mi caso siento que la curiosidad se había intensificado.

Y cada relato, leyenda o cuento que mi abuelita me contaba podía quedarse dando vueltas en mi cabeza durante días y quizá por eso la idea de que existieran otros mundos resonaba tanto conmigo.

Quizá por eso la idea de que existieran otros mundos resonaba tanto conmigo.

Aunque a esa edad todavía no entendía bien la diferencia entre mundo y época, quedaba absorta escuchando hablar de los antepasados, de los chentiles, de la iglesia vieja en el monte —que en realidad era un asentamiento zapoteca— donde íbamos a cortar tunas, de las monedas antiguas que había encontrado en la casa viejita, de los entierros de personas de otras épocas junto con sus vasijas, de los chaneques y de todas esas historias que se mezclaban con lo que yo podía ver a mi alrededor.

Mi pueblo tenía restos arqueológicos e hostoria antigua por todas partes y para una niña que todavía no entendía demasiado bien qué significaba que algo hubiera ocurrido cientos de años atrás, aquello podía sentirse casi como convivir con las huellas de otro mundo.

También estaban las historias que mi mamá me contaba de la Biblia, pero hubo una historia de mi abuelita que me llamó especialmente la atención.

Suelo de tierra con raíces expuestas y una sutil escena imaginaria bajo la superficie

Una vez, mientras estaba jugando en el patio debajo del ciruelo, me dijo que había escuchado alguna vez que nosotros vivíamos en un mundo, el mundo que podíamos observar, pero que había otro mundo debajo de la tierra.

Que ese mundo también tenía sus propios astros, sus ríos, su cielo y su sol y debajo de la tierra vivían otras personas…y todavía más abajo había fuego.

Eso me dio muchísima curiosidad.

Porque en la mente de una niña pequeña, aquello no sonaba como una metáfora ni como una historia difícil de comprobar. Sonaba como una posibilidad.

Si debajo de nosotros había otro mundo, entonces quizá mi suelo podía ser el suelo de ellos.

Y pensé que tal vez, si escarbaba lo suficiente, podía llegar hasta ese otro lugar y conocer a otros niños que vivían debajo de la tierra.

La idea se quedó dando vueltas en mi cabeza durante mucho tiempo.

Después mi abuelita me contó, en otra ocasión y a su manera, que el mundo ya había sido destruido varias veces. Me habló de Sodoma y Gomorra, del diluvio de Noé y de cómo el mundo ya había sido destruido con agua, y que quizá la siguiente destrucción podría ser con fuego.

Eso sí me daba miedo. Muchísimo.

Porque aunque algunas de aquellas historias se mezclaban en mi cabeza de una manera que hoy probablemente me parecería bastante extraña, había algo que sí entendía perfectamente: yo no quería que mi familia desapareciera.

Tan solo imaginarlo me rompía por dentro. Pero entonces ocurrió algo curioso, en medio de ese miedo apareció una idea.

Pero entonces ocurrió algo curioso. En medio de ese miedo apareció una idea. Si algún día este mundo se acababa, quería dejar algo para quienes vinieran después de nosotros. Quería que supieran que habíamos existido.

En ese entonces yo no conocía palabras como legado, permanencia o cápsula del tiempo. Para mí, la palabra que podía abarcar todo aquello era tesoro. Un tesoro era algo que alguien encontraba después de muchos años. Algo que otra generación había escondido. Algo que había permanecido debajo de la tierra mientras el mundo seguía cambiando.

la capsula de mi infancia: llaves, monedas y carta para otros mundos despues de mi.

Así que hice el mío.

Escribí una carta que ya no recuerdo qué decía. Después cogí unas monedas de un peso y de cincuenta centavos, unas llaves viejas que ya no abrían ninguna puerta y algunas otras cosas que encontré.

Metí todo en una bolsa de plástico. Después metí esa bolsa dentro de otra. Y luego dentro de otra más, porque yo sabía que el papel era frágil y quería que mi carta resistiera.

Después escarbé un hoyo con la poca fuerza que tenía.

No era profundo. Ni siquiera creo que haya llegado mucho más allá de la profundidad de una mano. Pero para mí era suficiente.

Ahí enterré mi pequeña cápsula.

La enterré pensando en que algún día, cuando este mundo se acabara o cuando nosotros ya no estuviéramos aquí, alguien la encontraría y leería mi carta.

Quizá serían los habitantes del mundo que viniera después, o quizá, quién sabe, los habitantes de aquel mundo que yo imaginaba debajo de la tierra.

No sé cuánto tiempo pasó, ni una semana creo. Pero un día regresé al lugar porque quería comprobar si mi pequeña cápsula seguía ahí. Volví a escarbar, busqué, pero no encontré nada.

Hasta hoy no sé qué pasó.

Tal vez el agua con la que mi abuelita regaba las plantas movió la tierra y la bolsa terminó en otro sitio. Tal vez mi abuelita la encontró y la sacó. Tal vez yo simplemente me equivoqué de lugar.

O quizá mi memoria de niña ya mezcló todo lo ocurrido.

No lo sé.

Lo que más me da risa cuando lo pienso ahora es la lógica que utilicé para proteger mi tesoro. Era una niña preocupada porque el papel no duraría, así que lo envolví en varias bolsas de plástico para que resistiera el paso del tiempo. Pero puse monedas, llaves, tornillos y otras cosas de metal porque estaba convencida de que eso sí iba a durar.

¿Cómo podía saber que el metal podía oxidarse, pero no imaginar que el plástico también podía desaparecer algún día?

Jajaja.

Supongo que así pensaba una niña de cinco años. Una niña que todavía estaba tratando de entender cuánto tiempo era mucho tiempo.

Era una niña jugando a ser adulta en un mundo de mentiritas y, aun así, sin saberlo, hice un pequeño experimento de algo que la humanidad lleva siglos intentando hacer: dejar algo detrás de nosotros. Buscar permanencia.

Zay Ra
InspiritBox · Publicaciones de la autora

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