Una de las páginas de mi journal todavía tiene olor.
No al papel.
Al envoltorio de un jabón que pegué hace tres veranos sin imaginar que algún día ese aroma sería capaz de devolverme exactamente a aquella tarde.
Abrí ese cuaderno pensando que iba a encontrar mis pensamientos de aquella época.
En cambio, encontré personas.
No personas escritas entre las páginas.
Personas que fui.
La que todavía escribía afirmaciones sobre abundancia porque el dinero no fluía y necesitaba creer que las cosas iban a mejorar.
La que estaba convencida de que el universo respondía de cierta manera y que hoy observa esas mismas páginas desde un lugar completamente distinto.
La que una tarde escribió, con absoluta seguridad, que tenía un cabello hermoso y las manos increíblemente suaves. Sonreí al leerlo porque, honestamente, hoy ya no escribiría exactamente lo mismo.
La que llenó una página con palabras una encima de otra, sin orden y sin intención de explicarle nada a nadie.

No recuerdo qué intentaba resolver ese día.
Pero sí recuerdo la sensación de estar buscándome.
Y entonces entendí algo que nunca había pensado.
No vuelvo a abrir un journal para recordar un día.
Vuelvo para visitar a la persona que era mientras ese día ocurría.
Lo que realmente queda atrapado entre las páginas
Durante mucho tiempo pensé que un journal guardaba pensamientos, pero ahora creo que guarda algo mucho más difícil de explicar.
Guarda contexto.
Hay páginas donde casi no escribí nada.
Solo hice scrapbook.
Durante años pensé que eran páginas bonitas, sin embargo hoy me doy cuenta de que eran otra cosa: son pequeñas cápsulas de una vida que ya no existe.
Una conserva el olor de un jabón.
Otra tiene manchas de café porque simplemente estaba tomando café mientras escribía.
Hay una donde pegué el envoltorio del último chocolate que quedaba de un regalo.
En ese momento solo pensé que se vería bonito sobre la página.
Hoy entiendo que lo que realmente conservé fue el último pedazo físico de una tarde cualquiera.
Hay otra dedicada por completo a unos pretzels.
Ni siquiera habla de los pretzels.
Pero todavía puedo recordar el sabor salado, la boca seca y el sofá donde estaba sentada mientras escribía.
Es curioso.
Hay días completos que ya olvidé.
Y sin embargo, sigo recordando el sabor de unos pretzels que probablemente ya ni siquiera venden.
Así funciona la memoria, nunca le interesó ser lógica.

Lo que un journal realmente conserva
Cuando hojeo esos cuadernos antiguos descubro que casi nunca vuelvo por las grandes historias.
Vuelvo por los detalles.
La canción que escuchaba en repetición.
El short azul que llevaba puesto aquella tarde.
La luz entrando por la ventana.
La crema corporal que acababa de comprar.
El panettone que me regaló una amiga colombiana.
Las flores que había en el patio.
Mi letra.
Mi forma de pensar.
Mis obsesiones.
Mis dudas.
Incluso encuentro páginas donde escribí instrucciones completamente técnicas.
“Entrar a Search Console.”
“Copiar el registro.”
“Pegar en Hostinger.”
Si alguien encontrara ese journal dentro de treinta años probablemente pensaría que son notas sin importancia.
Yo no.
Yo sabría exactamente quién escribió esas palabras.
Era la versión de mí que estaba intentando construir InspiritBox.
De pronto esas instrucciones dejan de ser instrucciones.
Se convierten en una fotografía.


La vida casi nunca ocurre en los grandes momentos
Vivimos creyendo que la memoria necesita acontecimientos extraordinarios.
Un cumpleaños.
Un viaje.
Una graduación.
Un ascenso.
Pero cuando abro mis journals descubro que no son esos momentos los que más disfruto volver a encontrar.
Disfruto descubrir que una tarde procrastiné con una bolsa de chocolates mientras intentaba convencerme de que yo era el proyecto más importante de mi vida.
Que decoré una página únicamente con tickets de compras personales.
Que escribí sobre mi extraño acento en inglés.
Que pasé un verano trabajando en la lavandería de un campamento y bromeábamos diciendo que “lavábamos dinero” porque siempre aparecían billetes olvidados dentro de los bolsillos.
Que escribí páginas enteras junto a una amiga que hoy ya no forma parte de mi vida.
Que hubo días en los que sentí que la vida se estaba desmoronando y, aun así, encontré refugio en una hoja en blanco.
Cuando vuelvo a leer esas páginas no siento ganas de corregirlas.
Ni siquiera de entenderlas.
Solo las observo.
Como quien vuelve a una casa donde vivió hace muchos años y descubre que todavía reconoce el sonido de la puerta.
Tal vez por eso sigo escribiendo
Durante mucho tiempo pensé que escribía para recordar.
Hoy creo que escribo porque sé que algún día voy a olvidar incluso aquello que ahora me parece completamente normal.
Voy a olvidar cómo florecía ese árbol cada verano.
Cuál era mi perfume favorito.
Qué canción escuchaba una y otra vez.
Qué ideas me quitaban el sueño.
Qué versión de mí estaba intentando construir.
Y eso, lejos de entristecerme, me da tranquilidad.
Porque sé que una parte de todo eso ya quedó atrapada entre las páginas.
No necesito confiar únicamente en mi memoria.
Tengo pruebas de que esas mujeres existieron.

Una invitación distinta
La próxima vez que abras tu cuaderno, quizá no necesites escribir la gran reflexión que llevas días esperando.
Tal vez baste con pegar el recibo de un café.
La envoltura del chocolate que acabas de terminar.
Anotar la canción que no has dejado de escuchar esta semana.
Escribir dos líneas sobre la conversación que todavía sigue dando vueltas en tu cabeza.
O simplemente describir cómo entra la luz por la ventana mientras lees esto.
No porque esos detalles parezcan importantes hoy.
Sino porque un día dejarán de ser cotidianos.
Y cuando vuelvas a encontrarlos, descubrirás que nunca estuvieron hablando del café, del chocolate o de la canción.
Siempre estuvieron hablando de ti.
Nota de la autora
Durante años pensé que escribía para conservar recuerdos.
Hoy creo que estaba conservando algo mucho más frágil.
Las mujeres que fui, la que todavía creía unas cosas, la que ya había dejado de creer otras.
La que estaba llena de miedo.
La que rebosaba confianza.
La que escribía con el corazón roto.
La que escribía porque era feliz.
Cierro el journal.
Lo devuelvo al estante.
Y durante unos segundos tengo la extraña sensación de haber visitado a alguien.
Luego recuerdo que esa persona era yo.
